Por Berona



Era un adolescente como tantos otros. Iba a la escuela, tenía un grupo de amigos y disfrutaba de compartir tiempo con ellos. Vivía con un diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA), pero esa condición no definía quién era ni ocupaba el centro de su vida. Lo que más valoraba era sentirse parte de un grupo.

Hasta que, al comenzar uno de los últimos años de la secundaria, llegó un compañero nuevo. En poco tiempo asumió el liderazgo del curso y decidió que ya no había lugar para él. No se lo dijo en persona. Les pidió a los demás que le comunicaran que ya no querían seguir siendo sus amigos.

A partir de ese momento empezó a quedarse solo. Ya no lo invitaban a las reuniones, dejó de compartir los recreos como antes y, poco a poco, fue perdiendo el lugar que hasta entonces había sentido propio. Lo que para muchos podría parecer un conflicto más entre adolescentes fue dejando marcas cada vez más profundas.

Sus padres veían esos cambios y compartían una duda que atraviesa a muchas familias. ¿Debían intervenir o dejar que los chicos resolvieran sus diferencias? ¿Hablar con los padres de esos compañeros ayudaría o empeoraría las cosas? Temían que hacerlo pudiera exponer aún más a su hijo o afectar el vínculo con él.

Con el tiempo comprendieron que aquello ya no era simplemente "una cosa de chicos". El aislamiento, el sufrimiento y la pérdida del sentido de pertenencia habían dado paso a una crisis de salud mental que llevaba tiempo gestándose.

Esta historia podría haber ocurrido en cualquier escuela. Porque las crisis no siempre comienzan con un episodio dramático. Muchas veces empiezan de manera silenciosa, cuando alguien deja de sentirse parte, pierde espacios de pertenencia o deja de encontrar un lugar donde expresar lo que le pasa.

¿Estamos preparados para reconocer esas señales antes de que el sufrimiento se transforme en una urgencia?

Las crisis empiezan mucho antes de la urgencia

Las crisis no empiezan en la guardia. Tampoco cuando una familia consigue un turno con un psiquiatra. Empiezan mucho antes, cuando un adolescente deja de sentirse parte, deja de pedir ayuda o empieza a dar señales que nadie alcanza a interpretar.

Ese es uno de los principales mensajes del médico especialista en Psiquiatría, Sebastián Arman. En lugar de pensar la salud mental únicamente desde la emergencia, propone mirar el recorrido que conduce hasta ella. Detrás de una crisis suele haber semanas o meses de cambios que, si se reconocen a tiempo, permiten intervenir antes de que el sufrimiento se profundice.

Prevenir no significa adivinar lo que va a ocurrir. Significa prestar atención a aquello que cambia, animarse a preguntar qué está pasando y comprender que una crisis rara vez aparece de un día para otro.

¿Qué señales solemos pasar por alto?

Uno de los errores más frecuentes es creer que una crisis aparece de manera repentina. Sin embargo, en la mayoría de los casos existen cambios previos que pueden confundirse con comportamientos propios de la adolescencia.

Arman propone observar el conjunto: el aislamiento progresivo, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba, las alteraciones persistentes del sueño o la alimentación, la forma de vestir, la desesperanza, el abandono de vínculos o cambios marcados en la manera de relacionarse con los demás. Más que un síntoma aislado, importa preguntarse qué cambió, desde cuándo y por qué.

Cuando los adultos también tienen que intervenir

Existe una idea muy instalada: que las diferencias entre adolescentes deben resolverse entre ellos. Pero cuando un adolescente queda aislado de manera sistemática, cuando el rechazo se sostiene o cuando ese conflicto empieza a modificar su vida cotidiana, dejar pasar el tiempo ya no es una forma de respetar su autonomía y se convierte en una omisión.

Hablar entre adultos no garantiza que el problema desaparezca. Pero guardar silencio tampoco lo resuelve.

Nadie atraviesa una crisis en soledad

La familia, la escuela, los amigos y los equipos de salud ocupan lugares diferentes, pero todos pueden advertir cambios, abrir una conversación o facilitar que alguien reciba ayuda antes de que la situación se agrave.

La prevención deja de ser efectiva cuando cada uno espera que otro dé el primer paso.

La escuela también forma parte del cuidado

La escuela es uno de los espacios donde los adolescentes pasan gran parte de su vida. Como institución escolar no debe resolver sola los problemas de salud mental, pero sí debe observar, escuchar, generar confianza y conversar con las familias cuando aparecen señales de alarma.

Cuando actuar a tiempo también significa saber dónde ir

Reconocer una señal de alerta es fundamental. Pero también lo es saber cómo actuar cuando esa señal aparece.

Arman explicó que las consultas por situaciones de riesgo y los ingresos a las guardias crecieron cerca de un 40 % respecto de años anteriores y que, al momento de la entrevista, ya se registraban 5.029 suicidios consumados. También señaló que, aunque las mujeres presentan más intentos y suelen pedir ayuda con mayor frecuencia, los varones concentran la mayor cantidad de suicidios consumados porque utilizan métodos de mayor letalidad.

Frente a esa realidad, el Hospital Zonal General de Agudos Dr. Ramón Carrillo desarrolló un dispositivo específico para la atención de pacientes con riesgo en salud mental. Según Arman, desde la implementación del protocolo, la cantidad de personas que llegaban tardíamente a la atención disminuyó y fue posible intervenir antes en situaciones críticas, mejorando la respuesta institucional y las posibilidades de recuperación.

Cuando existe un riesgo inminente, la recomendación es no esperar un turno programado y concurrir directamente a la guardia.

Prevenir también es aprender a mirar

Escuchar sin minimizar, preguntar antes de interpretar y pedir ayuda a tiempo pueden cambiar una historia. Las crisis no aparecen de un día para otro. Aprender a reconocer las señales también es una forma de cuidar.

Si una situación preocupa, pedir ayuda también es actuar a tiempo

Dispositivo de Salud Mental – Hospital Zonal General de Agudos Dr. Ramón Carrillo (San Vicente)

• Atención: martes de 7 a 13 horas.

• WhatsApp: +54 9 11 7011-3785.

• Dirección: Larrea y Santoro, San Vicente, provincia de Buenos Aires.

Ante una situación de riesgo inminente, concurrir directamente a la guardia.